Retales de la vida de un gilipollas (Capítulo 12)
Capítulo 12. Año Nuevo de cambios... y sorpresas.
Comenzamos el año con un festival de cine. No os había comentado que dentro del grupo de amigos nos encontramos unos cuantos “frikis”... unos más que otros, también hay que decirlo.
Unas cuantas veces al año nos reunímos para hacer algún pase maratoniano de películas con algún motivo particular... En esta ocasión nos “chupamos” la saga completa de Star Wars.
Laura y yo nos habíamos comprado ya hacía días unas caretas para disfrazarnos y, con su facilidad para dibujar, había transformado un par de camisetas blancas que iban a ser nuestro vestuario. Otros se habían hecho con espadas láser y máscaras diversas. Y allí, en casa de Silvester y Leire, niños y no tan niños, nos pasamos un día entero viendo las películas una tras de otra. La verdad es que se pasó genial.
Y después de la paliza de estar sentados durante un día entero, al día siguiente, el entrenamiento de todos los años con almuerzo incluido. En esta ocasión si se vino Laura, aunque sólo fuera al almuerzo.
Este año sí pudimos cenar con su madre en casa el día 5. A mi me tocaba trabajar, así es que pasé a recogerla al terminar. Hasta el momento era la única cena con su familia en Navidades; y pasamos un buen rato juntos, al menos. Y el 6, en L'Ollería, con mi familia. ¡Éste año ya parecían más unas fiestas de familia!
Hasta ese momento no podía imaginarme los cambios que se iban a producir durante este año... ¡ni las sorpresas!
Para comenzar, íbamos a viajar bastante a distintos lugares de España. La excusa o la razón, por decirlo de alguna manera, era la de participar en diversas carreras de montaña más allá de las habituales que solía hacer. Bueno, esa era la razón, pero también lo era la necesidad de viajar por placer, con la ilusión de conocer nuevos lugares. Y también, una forma de hacer que Laura se introdujera más en el mundo de las carreras de montaña, buscando pruebas también a su nivel.
Para empezar, la primera sería en Borriol, en Castellón. Así es que había que entrenar un poco; y digo un poco porque, la verdad, es que yo no entrenaba casi nada para el nivel de las carreras que solía hacer. En este caso Laura vendría sólo de acompañante. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enteré de que Carles Pols también la correría.
Durante las primeras semanas salimos a entrenar juntos alguna vez, aunque poco. Yo aprovechaba también algunas mañanas cuando estaba de viaje para salir a rodar.
De aquella época recuerdo especialmente una conversación -por whatsapp primero- de esas que te dejan huella. Por temas que tampoco es que vengan mucho al caso, la madre de Laura había quedado con ella para acompañarla a algún lugar, y en el trascurso su madre le había comentado un asunto personal. Hasta ahí todo normal. Yo le comenté que estuviera tranquila, que lo personal y privado de su madre era eso, personal y privado, y que a mí no me importaba y que no tenía ninguna obligación ni necesidad de contármelo. Pero su respuesta me encendió: “Tu eres mi marido, mi familia... no hay secretos para tí”.
Bueno muchach@s, no sé qué podéis estar pensando sobre esto. Pero a mí me pareció un acto de cinismo exacerbado.
Cuando se supone una relación importante como pueda ser una pareja o amig@ de esos que se pueden contar con los dedos de una mano (permitirme la licencia que utilizo por aquello del género), la falta de lealtad, de sinceridad o de respeto y la mentira no tienen cabida. Comprendo que, como suele suceder en cualquier relación humana, todos nos vendemos de un modo u otro a los demás para que nos vean como queramos, y para ello solemos utilizar las herramientas de que disponemos, incluida la omisión y la mentirijilla. Pero en relaciones importantes no se pasa de ahí. Yo mismo he reconocido al contaros el relato alguna mentirijilla “piadosa” u ocultación. Pero en su caso el cinismo llegaba a puntos increíbles, si bien es cierto -y debo decir en su defensa- que ella desconocía que yo dispusiera de tanta información como habéis ido comprobando.
Comenzamos el año con un festival de cine. No os había comentado que dentro del grupo de amigos nos encontramos unos cuantos “frikis”... unos más que otros, también hay que decirlo.
Unas cuantas veces al año nos reunímos para hacer algún pase maratoniano de películas con algún motivo particular... En esta ocasión nos “chupamos” la saga completa de Star Wars.
Laura y yo nos habíamos comprado ya hacía días unas caretas para disfrazarnos y, con su facilidad para dibujar, había transformado un par de camisetas blancas que iban a ser nuestro vestuario. Otros se habían hecho con espadas láser y máscaras diversas. Y allí, en casa de Silvester y Leire, niños y no tan niños, nos pasamos un día entero viendo las películas una tras de otra. La verdad es que se pasó genial.
Y después de la paliza de estar sentados durante un día entero, al día siguiente, el entrenamiento de todos los años con almuerzo incluido. En esta ocasión si se vino Laura, aunque sólo fuera al almuerzo.
Este año sí pudimos cenar con su madre en casa el día 5. A mi me tocaba trabajar, así es que pasé a recogerla al terminar. Hasta el momento era la única cena con su familia en Navidades; y pasamos un buen rato juntos, al menos. Y el 6, en L'Ollería, con mi familia. ¡Éste año ya parecían más unas fiestas de familia!
Hasta ese momento no podía imaginarme los cambios que se iban a producir durante este año... ¡ni las sorpresas!
Para comenzar, íbamos a viajar bastante a distintos lugares de España. La excusa o la razón, por decirlo de alguna manera, era la de participar en diversas carreras de montaña más allá de las habituales que solía hacer. Bueno, esa era la razón, pero también lo era la necesidad de viajar por placer, con la ilusión de conocer nuevos lugares. Y también, una forma de hacer que Laura se introdujera más en el mundo de las carreras de montaña, buscando pruebas también a su nivel.
Para empezar, la primera sería en Borriol, en Castellón. Así es que había que entrenar un poco; y digo un poco porque, la verdad, es que yo no entrenaba casi nada para el nivel de las carreras que solía hacer. En este caso Laura vendría sólo de acompañante. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enteré de que Carles Pols también la correría.
Durante las primeras semanas salimos a entrenar juntos alguna vez, aunque poco. Yo aprovechaba también algunas mañanas cuando estaba de viaje para salir a rodar.
De aquella época recuerdo especialmente una conversación -por whatsapp primero- de esas que te dejan huella. Por temas que tampoco es que vengan mucho al caso, la madre de Laura había quedado con ella para acompañarla a algún lugar, y en el trascurso su madre le había comentado un asunto personal. Hasta ahí todo normal. Yo le comenté que estuviera tranquila, que lo personal y privado de su madre era eso, personal y privado, y que a mí no me importaba y que no tenía ninguna obligación ni necesidad de contármelo. Pero su respuesta me encendió: “Tu eres mi marido, mi familia... no hay secretos para tí”.
Bueno muchach@s, no sé qué podéis estar pensando sobre esto. Pero a mí me pareció un acto de cinismo exacerbado.
Cuando se supone una relación importante como pueda ser una pareja o amig@ de esos que se pueden contar con los dedos de una mano (permitirme la licencia que utilizo por aquello del género), la falta de lealtad, de sinceridad o de respeto y la mentira no tienen cabida. Comprendo que, como suele suceder en cualquier relación humana, todos nos vendemos de un modo u otro a los demás para que nos vean como queramos, y para ello solemos utilizar las herramientas de que disponemos, incluida la omisión y la mentirijilla. Pero en relaciones importantes no se pasa de ahí. Yo mismo he reconocido al contaros el relato alguna mentirijilla “piadosa” u ocultación. Pero en su caso el cinismo llegaba a puntos increíbles, si bien es cierto -y debo decir en su defensa- que ella desconocía que yo dispusiera de tanta información como habéis ido comprobando.
En cuanto a su
estado anímico y de salud parecía que todo iba mejor, si no me
engañaba. Incluso me decía que se había reducido la cantidad del
relajante que tomaba para poder dormir.
Desde primeros de
año había cambiado de gimnasio al que ir; al parecer todo fue por una
clienta. Se encontró con que conocía a los dueños de muchos años
atrás y había dos muchachos de entrenadores... una amiga y Carlos,
su ex-pareja. ¡Qué casualidad!
Llegó el día de
la carrera de Borriol. Y allí conocí a Carles Pols; incluso nos
hicimos fotos como si nada. Después de todo yo era el único
conocedor de la situación. Si habéis entrado en alguna ocasión a
mi página de Facebook seguramente la hayáis visto puesto que me
permití colgarla junto a otras con mis compañeros,.
De nuevo comencé
a tener “amonestaciones” -amenazas- de la empresa, y como de
costumbre las denuncié. Habían vuelto a las andadas, pero su
intención de que me acobardara y terminara marchándome no iba a
hacer mella.
A pesar de todas
estas circunstancias y gracias a que yo había aprendido a
desconectar de cosas similares, la convivencia era normal. Lo único
que sucedía es que quizá compartíamos menos tiempo juntos puesto
que estábamos yendo a gimnasios distintos.
Era ya finales de
marzo, y por fin llegó el momento esperado... mi despido. Como era
de imaginar intentaron racanear con la indemnización y los denuncié.
Finalmente se vinieron a razones y todo se solucionó de un modo
satisfactorio. ¿Y ahora qué? Había tenido algunas reuniones
últimamente con algunas empresas pero no había salido nada
interesante. Bueno, tenía al menos 20 días de vacaciones pagadas
para ir mirando qué hacer, no tenía motivos para preocuparme.
Laura y yo
celebramos la noticia. Para mi era un desahogo porque llevaba casi 18
meses esperando este momento.. Ahora sólo había que ordenar un poco
las ideas y decidir qué se hacía: mantenerme en el sector o
cambiar.
Pasados unos días
de papeleos y en uno de mis paseos para ir a comprar me topé con un
local en alquiler y, de repente, se me vino a la mente la idea de montar un
negocio. Un negocio que nos permitiera trabajar juntos a los dos: una
clínica dental. Así podría volver a mis orígenes al tiempo que
sacaba a Laura del círculo en donde estaba envuelta.
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