Retales de la vida de un gilipollas (Capítulo 10)
Capítulo 10. Vacaciones en familia.
Agosto era para mí un mes tranquilo en el trabajo. Me quedaba en la oficina para ponerme al día del trabajo realizado durante la primera mitad del año y no salía de viaje -mi sector estaba casi muerto durante este mes-. Las vacaciones casi siempre me las reservaba para finales de mes y este año no fue distinto.
Habíamos aprovechado la tranquilidad de estos días para disponer de algo más de tiempo para nosotros. Fines de semana de playa, algunas carreras por la zona norte de la provincia, más tiempo en mi casa de Torrente, asistir a algún concierto,... Ah, y terminamos el circuito de carreras que nos habíamos planteado y quedamos segundos; me hizo mucha ilusión, sobre todo por ella, por lo competitiva que es.
En una de las carreras que hicimos recuerdo que me presentó a la primera amiga que conocí. Se conocían desde hacía unos pocos años, de uno de los cursos que había realizado. Me había hablado en alguna ocasión de ella, pero poco más. Y tampoco es que estuviéramos con ella más de media hora charlando. Pero me alegraba saber que había alguien a su alrededor, porque hasta el momento no conocía a nadie.
Pasamos unos días con cierta tensión; ella sabía que quedaba de vez en cuando para tomar café con Alma y no le parecía muy bien que digamos. Estaba celosa. Aproveché la ocasión para tentarla y le pregunté sobre si yo debía sentirme celoso por algo, por alguien. Ella seguía sin contarme nada, absolutamente nada de nada ni de nadie. La lista de personajes “clientes peculiares” se estaba incrementando... Aparecieron -para mí- nuevos como Sento -el policía-, BigTotal -su apodo lo indica todo- y también había descubierto recientemente que su ex-pareja Carlos le ayudaba en algunos trabajos... ¿Para qué y para quién un trabajo a cuatro manos?
No obstante, me mantenía en mi cruzada de esperar a que fuera ella la que, por fin, terminase por abrirse a mí y me hablase con sinceridad.
La verdad es que a veces lo pienso: no sé cómo pude contenerme durante tanto tiempo. Pero lo hice. Trataba de desconectar de mi mente esa parcela “desconocida” y no mantenerla encendida en lo posible en nuestra relación en la confianza de que llegase el día en que Laura viniera a mí y me diera alguna explicación “convincente” -si es que la había-.
En estas semanas pudimos disfrutar de sus hijos un par de fines de semana. El mayor, en la edad del pavo, era algo más independiente y le apetecía salir con sus amig@s; por ello había que llevarlo y traerlo de Valencia durante el día. Con el pequeño jugábamos, paseábamos, veíamos películas, … nos reíamos mucho.
Los últimos días de agosto tenía vacaciones. Aprovechando la ocasión se vinieron mi hija y mi madre a pasar unos días con nosotros; fueron días de piscina, playa y largos paseos – hasta donde le alcanzaban las piernas a mi madre, ya muy mayor-. Me hubiera gustado que también hubieran estado sus hijos, pero coincidía con que se iban a ir unos días de viaje con su padre. Con todo, puedo decir que quizá fue una de los momentos en que sentí que eramos una familia, aunque fuera por momentos y no consiguiendo estar todos juntos a la vez. Se notaba que eran días sin obligaciones de trabajo y nos pudios permitir el hacer algunas cosas fuera de lo habitual como el acudir a un concierto que daba Pablo Alborán en Nules; no es que estuviera muy cerca pero era el que por fechas mejor nos había encajado.
Las vacaciones habían sido cortas, siempre lo son, pero es que realmente 2 semanas no dan para mucho. Ya estábamos de nuevo inmersos en la rutina, cada uno con nuestro trabajo. Laura pasó unos días bastante complicados con nuevos desajustes con la regla: yo no sabía que pensar. En un principio ella no quería ir al médico pero llegó a asustarse al ver que las pérdidas eran constantes y le hizo recapacitar. Por suerte, después de algo más de una semana todo se regularizó. Sabía que hacía años que tenía algunos desajustes pero no sabía cuánto podía ser algo natural en ella y cuánto tenía que ver con todo aquello que se tomaba. Y no sé si ella misma era consciente, lo cual me preocupaba aún más.
A finales de septiembre nos casamos -bueno, pareja de hecho-, medio de hurtadillas. Lo habíamos preparado sin decírselo prácticamente a nadie. Tampoco íbamos a hacer ninguna celebración especial salvo para nosotros mismos. Así es que fuimos comunicándolo poco a poco. El padre de Laura volvía estar ingresado para volverle a operar y la cosa no pintaba demasiado bien.
Agosto era para mí un mes tranquilo en el trabajo. Me quedaba en la oficina para ponerme al día del trabajo realizado durante la primera mitad del año y no salía de viaje -mi sector estaba casi muerto durante este mes-. Las vacaciones casi siempre me las reservaba para finales de mes y este año no fue distinto.
Habíamos aprovechado la tranquilidad de estos días para disponer de algo más de tiempo para nosotros. Fines de semana de playa, algunas carreras por la zona norte de la provincia, más tiempo en mi casa de Torrente, asistir a algún concierto,... Ah, y terminamos el circuito de carreras que nos habíamos planteado y quedamos segundos; me hizo mucha ilusión, sobre todo por ella, por lo competitiva que es.
En una de las carreras que hicimos recuerdo que me presentó a la primera amiga que conocí. Se conocían desde hacía unos pocos años, de uno de los cursos que había realizado. Me había hablado en alguna ocasión de ella, pero poco más. Y tampoco es que estuviéramos con ella más de media hora charlando. Pero me alegraba saber que había alguien a su alrededor, porque hasta el momento no conocía a nadie.
Pasamos unos días con cierta tensión; ella sabía que quedaba de vez en cuando para tomar café con Alma y no le parecía muy bien que digamos. Estaba celosa. Aproveché la ocasión para tentarla y le pregunté sobre si yo debía sentirme celoso por algo, por alguien. Ella seguía sin contarme nada, absolutamente nada de nada ni de nadie. La lista de personajes “clientes peculiares” se estaba incrementando... Aparecieron -para mí- nuevos como Sento -el policía-, BigTotal -su apodo lo indica todo- y también había descubierto recientemente que su ex-pareja Carlos le ayudaba en algunos trabajos... ¿Para qué y para quién un trabajo a cuatro manos?
No obstante, me mantenía en mi cruzada de esperar a que fuera ella la que, por fin, terminase por abrirse a mí y me hablase con sinceridad.
La verdad es que a veces lo pienso: no sé cómo pude contenerme durante tanto tiempo. Pero lo hice. Trataba de desconectar de mi mente esa parcela “desconocida” y no mantenerla encendida en lo posible en nuestra relación en la confianza de que llegase el día en que Laura viniera a mí y me diera alguna explicación “convincente” -si es que la había-.
En estas semanas pudimos disfrutar de sus hijos un par de fines de semana. El mayor, en la edad del pavo, era algo más independiente y le apetecía salir con sus amig@s; por ello había que llevarlo y traerlo de Valencia durante el día. Con el pequeño jugábamos, paseábamos, veíamos películas, … nos reíamos mucho.
Los últimos días de agosto tenía vacaciones. Aprovechando la ocasión se vinieron mi hija y mi madre a pasar unos días con nosotros; fueron días de piscina, playa y largos paseos – hasta donde le alcanzaban las piernas a mi madre, ya muy mayor-. Me hubiera gustado que también hubieran estado sus hijos, pero coincidía con que se iban a ir unos días de viaje con su padre. Con todo, puedo decir que quizá fue una de los momentos en que sentí que eramos una familia, aunque fuera por momentos y no consiguiendo estar todos juntos a la vez. Se notaba que eran días sin obligaciones de trabajo y nos pudios permitir el hacer algunas cosas fuera de lo habitual como el acudir a un concierto que daba Pablo Alborán en Nules; no es que estuviera muy cerca pero era el que por fechas mejor nos había encajado.
Las vacaciones habían sido cortas, siempre lo son, pero es que realmente 2 semanas no dan para mucho. Ya estábamos de nuevo inmersos en la rutina, cada uno con nuestro trabajo. Laura pasó unos días bastante complicados con nuevos desajustes con la regla: yo no sabía que pensar. En un principio ella no quería ir al médico pero llegó a asustarse al ver que las pérdidas eran constantes y le hizo recapacitar. Por suerte, después de algo más de una semana todo se regularizó. Sabía que hacía años que tenía algunos desajustes pero no sabía cuánto podía ser algo natural en ella y cuánto tenía que ver con todo aquello que se tomaba. Y no sé si ella misma era consciente, lo cual me preocupaba aún más.
A finales de septiembre nos casamos -bueno, pareja de hecho-, medio de hurtadillas. Lo habíamos preparado sin decírselo prácticamente a nadie. Tampoco íbamos a hacer ninguna celebración especial salvo para nosotros mismos. Así es que fuimos comunicándolo poco a poco. El padre de Laura volvía estar ingresado para volverle a operar y la cosa no pintaba demasiado bien.
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