Retales de la vida de un gilipollas (Capítulo 8)

Capítulo 8. Feliz Cumpleaños.

Como ya os he comentado, Laura ya llevaba un tiempo recriminándome mi actitud hacia ella. Decía que había cambiado. Es posible, como me decía, que la intensidad con la que le transmitía mis sentimientos hacia ella en mis frases al hablarle o escribirle hubieran bajado algún grado. Lo debo reconocer. Pero sentía miedo hasta de mis propios sentimientos hacia ella. ¡Eran tan fuertes pero, al mismo tiempo, los iba sintiendo tan frágiles!

Estábamos llegando a las Fallas y el ambiente de fiesta ya se vivía por las calles. Yo me encontraba de viaje fuera de la comunidad -mi empresa no perdía una y había que aprovechar los tiempos-. Laura arrastraba alguna molestia de cuello por culpa de su trabajo y yo mismo le comenté que intentase quedar con su ex Carlos o con Salvador -un antiguo compañero de estudios y que era masajista- para que alguno de ellos le diera un masaje para reducirle las molestias que tenía. Eran días en que tenía poco trabajo porque la gente se centraba en las fiestas y, en parte, eso le iba a beneficiar en esta ocasión. Finalmente pudo quedar con Salvador y parece que le ayudó bastante.

Pienso que, durante estas fechas, nos añorábamos mucho, ambos dos. Supongo que ella, teniendo menos trabajo del habitual tenía más tiempo para pensar en mí, en nosotros. Yo, trabajando fuera, tampoco lo pasaba muy bien. Aunque al ir como loco para llegar a todas las citas que tenía planificadas me encontraba con la mente un tanto más ocupada. Cuando hablaba con ella la sentía con un grado de estrés y ansiedad muy alto. Al vivir por el centro de Valencia el jaleo de la calle, los conciertos, las tracas, provocaban demasiado ruido para alguien a quien ya le costaba descansar por la noche de habitual.

Me decía que se sentía muy sola por mis viajes... y yo la creía. Y me dolía doblemente. Por un lado porque me apetecía muchísimo estar con ella el mayor tiempo posible, y por otro porque no tenía muchas posibilidades de hacer seguimiento de mis averiguaciones. No dejaba de decirme una y otra vez que me añoraba y eso me causaba mucha pena y dolor. ¡Ojalá pudiera mandar el trabajo que tengo a la mierda! -pensaba yo-.

Como iba diciendo, en Fallas Valencia es un bullicio continuo. Mi hija, que estaba terminando sus estudios, necesitaba también de unos días de tranquilidad. Por eso se vino a mi casa de Torrente para pasar unos días sin estrés -mi casa estaba en una urbanización fuera de todo el bullicio-. Así es que cuando volví del viaje pasamos unos días juntos los tres.

En los últimos tiempos nos habíamos propuesto hacer un circuito de carreras juntos por parejas, así es que salíamos algún fin de semana a entrenar. Poca cosa, pero formaba parte de nuestra diversión. Incluido en fallas ya que no eramos muy de fiestas. Laura es muy combativa y siempre trataba de superarse; es una luchadora nata. Muchas veces me tocaba hacer que frenase porque tampoco se trataba de que terminase agotada o lesionada. Pero ella sentía que, de otra forma, me estaba haciendo perder a mí el tiempo... ¡menuda tontería!

Recuerdo que por aquellas fechas mi mente continuaba dándole vueltas a mis descubrimientos. Como ya os había comentado, en alguna ocasión me había insinuado que me encontraba raro. Incluso hubo un momento en que su insistencia estuvo a punto de hacerme saltar y descubrirle abiertamente mis hallazgos. Pero todavía no tenía muy claro el fondo de los mismos, no sabía muy bien lo que sucedía, y en caso de hablarlo sabía que no iba a aclarar nada porque se enrocaría. Además, los dos temas pienso que son lo suficientemente serios e importantes como para que fuera una misma, hallado el momento, la que lo plantease.

Sin embargo, en una de las ocasiones que se me presentó, si le transmití que no me encontraba seguro en la relación, que pensaba que ella no estaba enamorada de mí, que me ocultaba algo, que no estaba siendo siendo franca y sincera conmigo. Pero, si tengo que ser realista, me convenció de que no era así -o me quise convencer-; me dijo que le podía preguntar cualquier cosa en cualquier momento y que estaría encantada de responderme. Pero eso no es lo que yo pensaba. Había cosas que no debía ser yo quien preguntase; debía ser ella quién me lo comentase y explicase.

Intenté tirarle de la lengua, ponerle las cosas fáciles para que se abriera a mí. Pero ahí se quedó la cosa. No logré nada... una vez más.

Durante la conversación le mostré un cierto grado de malestar porque notaba mucha comunicación con Carles Pols, aunque no sabía su contenido. En aquella época estaba realizando un dibujo muy bonito –Laura dibuja muy, pero que muy bien, y bien podría ganarse la vida con ello, pienso-. Era para alguien, pero para alguien que yo no sabía quién era -porque no me decía nada-. Era una temática variada, representaba un niño -la infancia- en un columpio construido sobre notas musicales, algún guerrero o monstruo, un corazón, ... coincidía con lo que ella me comentaba que representaba un conjunto de sueños de la persona que se lo había encargado. Aunque no me hablaba de quién le había hecho el encargo recordaba, por algunas de las conversaciones que teníamos, que Carles Pols era músico -además de su afición a correr montaña- e informático. Laura me había regalado unas zapatillas para correr y me explicó que si había estado conversando mucho con Carles es porque le había estado pidiendo consejo para acertar en el regalo. No me hacía ninguna gracia. Ni porque se gastase un dinero que imaginaba que a ella no le venía bien, ni porque estuviera metido por en medio el tal Carles Pols.

Prácticamente ella estaba al día de todo lo que me sucedía, salvo de mis descubrimientos respecto de ella y de algún encuentro para charlar con Alma -que se había convertido en mi único refugio para charlar sin desvelar nada-. No le escondía nada, sabía casi todo lo que hacia porque se lo contaba yo mismo. Sabía incluso de ciertas amistades que me tiraban los tejos, porque yo se lo contaba para que no se preocupase por si tenía alguna percepción extraña, le llegaba alguna sensación o algún comentario poco apropiado. Incluso, cuando recibí un mensaje de mi ex-mujer pidiéndome disculpas por lo mal que me lo había hecho pasar en los últimos tiempos en que estuvimos juntos, se lo mostré. Cierto es que no le hablaba de Alma -era mi único refugio- ni de mis sospechas -necesitaba tiempo para organizarlas y aclararlas-.

Comprendía, y comprendo hoy, que pudiera tener cualquier tipo de duda. Pero creo que puedo decir que iba de frente y le hablaba de todo, abiertamente. No podía tener ninguna certeza de ningún temor que tuviera sobre mí porque nada había de cierto en ello. Yo, en cambio, tenía frente a mí a alguien que me escondía algunos asuntos de relevancia, de los que no hablaba absolutamente nada. ¡No me parecía nada justo!

Me recriminaba que mi ex-mujer quisiera volver conmigo, cosa que no era así. Me recriminaba que pudiera haber alguna mujer que “tontease” conmigo... pero yo no podía hacer más de lo que hacía: llevarla de mi mano a todas partes, siempre a mi lado, con todas mis amistades, con mi familia. Se puede decir que donde iba yo venía ella. Y todo el mundo -de mi entorno- sabía que ella era mi pareja. Sin embargo no sucedía lo mismo del otro lado. Seguía sin conocer a nadie de su entorno -su posible entorno-. Seguíamos sin haber quedado ni una sola vez con nadie cercano a ella. Parecía como que me escondiera.... o sencillamente que no tuviera entorno alguno.

Me llegó a comentar que sentía que había gente a nuestro alrededor que trataba de hacernos daño -sólo podía referirse a gente de mi entorno-. Le pregunté que si alguien le había dicho nada que le hiciera pensar eso y que si era así, yo mismo le callaría la boca con ella presente. Le pedí que dejase de ver fantasmas. Mientras tanto yo me tenía que morder la lengua, ¡pero no de fantasmas, no, de realidades!

Era finales de marzo y, por fin, conocí al pequeño de Laura. Al mayor lo había visto hacía unas semanas, aunque apenas unos minutos. Todo fue muy bien y me hizo sentir que poco a poco me abría a su “entorno”.

Cuando llegó Semana Santa tuve la fortuna de poder disponer de unos días de vacaciones. Así es que pudimos disfrutarlos sin agobios ni prisas, con tranquilidad, juntos, sin muchas preocupaciones. Cuando estábamos juntos disfrutábamos cada momento. Habíamos pensado en irnos unos días por ahí, a pesar de estar cansado de tanto viaje. Pero lo necesitábamos; desconectar, dedicarnos tiemplo el uno al otro. Así que dicho y hecho nos fuimos unos días a Salou. Posiblemente fueron unos de los días más felices que pasamos desde que estábamos juntos: largos paseos, sol y playa, cenas románticas... lo pasamos genial.

Ya con la primavera entrada comenzamos a preparar la documentación para casarnos. Bueno en realidad íbamos a formalizar una “pareja de hecho”, tampoco necesitábamos más. En la parte negativa, su padre estaba enfermo y le habían tenido que ingresar un par de veces. Para junio estaba prevista una operación para ver si le podían solucionar su dolencia.

No de repente, pero casi, me comenzó a decir que se quería quitar algún cliente de encima, como era Alex Also, porque se le hacía muy pesado el atenderle. Eso me hacía pensar que por fin iba por buen camino y que podía poner fin a ciertas cosas que no me parecían bien -ni creo que a la mayoría de los que estéis leyendo mi historia-. Pero cuando me di cuenta ya me estaba diciendo que no se lo podía permitir porque no había demasiado trabajo y no se podía permitir descartar a nadie. Intenté hacerle ver que podía dejar el trabajo para mantenernos con mi sueldo, pero de nada sirvió. Me llegó a comentar que tenía todavía que pagar una deuda con Hacienda de hacía unos años... y yo me lo creí. O me lo quise creer. Más adelante, con el tiempo, descubrí que si tenía una deuda pendiente pero no con Hacienda... Pero eso ya lo explicaré en su momento.

Por mi parte, seguía con muchos viajes de trabajo y con los mismos -o más- problemas en la empresa. No sabía como hacer para forzar la situación y que me despidieran de una vez. Ciertamente me podía marchar, pero tenía firmado un contrato de exclusividad que me obligaría a salir del sector. Y, por aquel entonces, no me planteaba trabajar en otro sector distinto al que había dedicado tanto tiempo.

Todo mi tiempo libre se lo dedicaba a ella y, aunque no quería hacerlo, no dejaba de darle vueltas a la cabeza de como sacarla de ese mundo en donde se encontraba. Había llegado a pensar que realmente ella no debía querer salir de él. Pero una persona que hace lo que realmente quiere, lo que le apetece hacer, no tiene porque ir escondiéndolo de todos -bueno, pensaba que de todos-. Por ello trataba de averiguar más cosas, pero con tanto tiempo fuera de casa, me era realmente muy complicado. Aparentemente ella se encontraba mucho mejor físicamente. Los desvanecimientos ya no sucedían -o no me enteraba-. Pero, de igual forma que yo trataba de averiguar más de estos temas “tabú”, se que también ella estaba con las ojos bien abiertos y las orejas de punta y que debía haber leído algunas conversaciones mías de WhatsApp con Alma de cuando quedábamos alguna mañana para tomar café y charlar antes de llegar yo al trabajo -nada más--.

Respecto a lo de casarnos, sin prisa ninguna, ya lo íbamos comentando de semana en semana. En junio ya teníamos casi preparada la documentación para formalizar la “pareja de hecho”.

Se acercaba el mes de julio y con él mi cumpleaños. Ya hacía 8 meses desde nuestro reencuentro y, la verdad, es que estaba completamente colado por Laura. A pesar de mis descubrimientos -que los apartaba de mi mente todo el tiempo que podía- mis sentimientos hacia ella eran muy fuertes. Sólo quería estar con ella y tratar de ayudarla en todo lo posible.

Víspera de mi cumpleaños me encontraba de viaje. Laura volvía encontrarse mal: náuseas, mareos, tensión. Pensaba que todo había desaparecido y que, en parte, mi vigilancia sobre ella podía haber hecho que dejase de tomar ciertas sustancias. Pero de nuevo estaba mal. No sabía que pensar... se trataba de un episodio más resultado de las mierdas que había estado tomando -o seguía tomando-, o se trataba de algo completamente ajeno a ello.

Sabía que estaba estresada, me lo comentaba. Y ese podía ser el motivo. Y, desde luego, lo pagué durante mi viaje de vuelta a casa ese viernes. No sé que le sucedía pero la conversación que estuvimos manteniendo durante mi vuelta se fue tornando cada vez más espesa. No tenía mucho sentido. Llegué muy tarde porque me encontraba por Málaga y además pasé a visitar a mi madre ya que me venía de camino. Ella lo sabía porque se lo iba radiando por el camino en todo momento. Sus dudas sobre mí me estallaron durante el viaje y, cuando llegué a su casa, cogí un par de cosas y decidí irme a Torrente. Ella se encontraba dormida -se lo había pedido yo porque no quería que trasnochara más de lo necesario por mí- y no me encontraba en condiciones de enfrentarme a ninguna situación fuera de lugar. Venía agotado y un tanto disgustado. Estaba alterado, me había encendido, y no quería que se despertarse y enfrentarme con ella en ninguna discusión sin pies ni cabeza. Prefería que se enfriara la cosa un poco y tratar de hablar por la mañana con más tranquilidad.

Y era el día de mi cumpleaños.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Muchos MOMENTOS para 2019

Retales de la vida de un gilipollas (Capítulo 11)

Retales de la vida de un gilipollas (Capítulo 10)