Retales de la vida de un gilipollas (Capítulo 7)
Capítulo 7. ¿Cuántos Carles Pols
había?
Apenas eran
mediados de febrero y ya me había comentado que me notaba raro.
Quizá no tan raro como lo que yo la pudiera notar en su conducta del día a
día porque ya se me estaban acumulando muchas dudas, a pesar de que
hasta ese momento todavía no tenía confirmación de mis diferentes
sospechas y que ya os he ido contando.
Ella lo achacaba a
mis problemas en el trabajo, a sus cambios en el suyo y yo le añadía
que también podía afectar ese tiempo que uno de los miembros de una
pareja puede necesitar para ir ajustando sus hábitos y costumbres a
las del otro.
He de reconocer
que estaba realmente enamorado de ella.
Soy de los que
piensan que todos somos dos individuos al mismo tiempo y su conjunto
es lo que nos hace ser lo que mostramos: uno es nuestro fondo
intrínseco, quienes somos desde lo más profundo de nuestro corazón
y nuestra mente; otro es aquel condicionado, que está muy
influenciado por todas aquellas circunstancias y experiencias que nos
han sobrevenido durante el pasar de los años. Voy a tratar de
poneros un ejemplo; en ocasiones nos encontramos en nuestras vidas
una persona de esas que decimos que son realmente buenas, amigo de
sus amigos, tranquila, paciente, colaboradora, servicial, y nos
sorprendemos un día por un comportamiento que se aleja de esos
conceptos. En la mayoría de las ocasiones no pasa de ahí porque no
forma parte de su ser, sólo es el resultado de una situación que le
ha sobrepasado temporalmente.
Recuerdo que uno
de esos comentarios que me había hecho había comenzado por algunas
compras que me había realizado. A todos nos gusta que nos mimen y
que nos cuiden. Pero, sinceramente, para mi los mimos, las caricias,
la compañía, el sexo, … esas cosas inmateriales son las que me
llenan cuando estoy con alguien a quien quiero. No soy en absoluto
materialista. Y, sabiendo que su situación económica no era
precisamente boyante, sólo trataba de que no se obligase y estresase
con gastos completamente superfluos. Si estoy con la persona a la que
amo, podría estar perfectamente igual de bien con ella comiendo un
trozo de pan duro al cobijo de un puente. Me comentaba que la
examinaba, que se sentía vigilada -no sé si podía haberse
percatado de algo, aunque lo dudo-. Me decía que padre ya tenía
-todavía, afortunadamente- y que policía no necesitaba -luego éste
último comentario tendrá algo más de injundia-.
Pues, como os
estaba diciendo... estaba realmente enamorado de Laura, de su yo
intrínseco.
A pesar de no
gustarme algunas de las cosas que me estaba encontrando, la
disculpaba pensando en que tras ellas había una razón, un motivo por el que actuaba como lo hacía. Llamadme tonto... ¡quizá! Pero
yo prefiero decir... ¡enamorado! ¡Sí, enamorado hasta la médula!
En las últimas semanas había procurado disponer del máximo de tiempo para ella, no quería
dejarla ni a sol ni a sombra para poder vigilar de cerca esas cosas
que estaba viendo y no me iban gustando. Comenzamos a correr algunas
carreras juntos. No se trataba del tipo de carreras que a mi me
gustaran pero eran las que más se adaptaban a ella; y, la verdad, es que
no se le daban nada mal teniendo en cuenta de que nunca había
corrido y de que apenas entrenábamos nada específico en carrera.
También continué yendo al gimnasio con ella siempre que me era
posible; sobre todo por controlar sus hábitos al respecto. Pero nada
me daba más pistas sobre su dopping confirmado por la analítica.
En cuanto al tema
de Carles Pols... pensaba que se trataba de un caso puntual. Pero,
claro, me remordía por dentro. Así es que trate de averiguar más.
Aprovechando algún
despiste de ella cogí su móvil y le di un vistazo. ¡Sí, ya lo sé!
¡Eso no está bien! Pero en mi defensa diré que lo que trataba era
averiguar cosas sobre su conducta más que lo que se podría llamar
“un control”. Y ahí me tope con más cosas un tanto
desagradables.
En las parejas,
por lo menos en algunas de ellas, no es sorprendente el hecho de
que se puedan, por ejemplo, enviar algunos comentarios “picantes”
o algunas fotos “subiditas de tono”. Eso puede formar parte del
juego erótico de la pareja. En alguna ocasión ella me había
mandado algún mensajito “pícaro”, alguna foto “caliente”
como parte de ese tipo de juegos.
Pero, entrando en
la galería de fotos de su móvil pude ver que tenía muchas más
fotos de ese tipo de las que yo hubiera podido recibir -de largo-.
¡Hasta ahí vale!
¿Y por qué digo
hasta ahí? Pues porque si tenía “un rollo” con el tal Carles
Pols podía ser que le hubiera mandado alguna foto o mensaje de ese
tipo. Sobretodo teniendo en cuenta de que era un cliente de varios
años ya, según me había contado ella -eso es poco más de lo que
me había contado-. Pero lo más llamativo de lo encontrado era que
en la mayoría de los casos la misma imagen tenía diferentes
nombres. Voy a explicarlo para quien no esté muy ducho en el tema.
Cuando enviamos una imagen por WhatsApp a cualquier destinatario ésta
se guarda con un nombre que hace referencia a la hora en que fue
enviada y un número que indica la imagen del día en orden de como ha sido enviada. Pues bien, si yo envío una foto a un
destinatario una sola vez, me aparecerá una única vez y con un
nombre que indicará la fecha y orden de envío. Pero, ¿qué pensáis
que sucede si nos encontramos esa misma foto múltiples veces, con
múltiples nombres y múltiples fechas? Pues sí, eso mismo que
estáis pensando... a menos que nos hayamos dedicado a enviarle la
misma fotografía a la misma persona varias veces al día durante diverso
días. ¿Qué pensáis?
La bola se me
estaba haciendo más y más grande... obviamente mi estado de ánimo
iba cayendo por debajo del suelo. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Podía
justificar esto de alguna forma?
Traté de
tranquilizarme y bajar a la zona de reflexión. Yo tenía un
problema, pero ella tenía un problema aún mucho más grave. Si la
quería debía tratar de luchar de que saliera de la mierda en donde
se había situado. Porque ya no se trataba de dopping y flirteo o
engaño con alguien... ahora ya había muchos “alguien”. Mi
problema sólo era que amaba a una persona que me estaba provocando
demasiadas inquietudes, demasiadas dudas, demasiados...
Y, las fotos, no
eran sólo desnudos -totales o parciales-. También había
juguetitos, verduritas y otros objetos que utilizaba como juego.
Vamos, cuando digo “subiditas de tono” creo que hasta me quedo
cortito.
No sabía qué
pensar.
En cuanto al
dopping, podía entender que era provocado por su inquietud -casi
enfermiza- por su aspecto físico, añadido a la falta de cordura de
una pareja -anterior- que además se lo había fomentado. Esto último
sólo me hace pensar en que a Carlos le debía haber importado una
mierda la salud de Laura. ¡Qué hijo de puta! -con perdón de su madre-.
En cuanto a los
últimos descubrimientos podía pensar que alguien, en momentos
económicamente difíciles, llegue a hacer cosas que no parecen
dentro de lo que podríamos decir lógico o cuerdo. ¡Ojo!, soy
enormemente respetuoso con las opciones que cada uno elige en cada
momento; sólo él y nadie más que él sabe porque toma ciertos
caminos. Pero en este último caso, la situación económica ya no
debía ser un problema porque, cuanto menos, estaba yo para echarle
algo más que una mano.
Hasta este momento
yo seguía completamente enamorado de Laura. A pesar de que,
obviamente, algunos de los pilares que para mí son imprescindibles
en una relación de pareja se hubieran venido a bajo.
Como ya os comenté
en capítulos anteriores, tenía algunos episodios ocasionales de
desvanecimientos, hipertensión, ansiedad, … Pues bien, en una de
las primeras ocasiones que me comentó -me encontraba trabajando
cerca de Valencia-, cuando me lo vino a decir le dije que la
acompañaba de inmediato a urgencias. Pues, cuál es mi sorpresa
cuando me contestó que, casualmente, estaba Carlos -su ex-pareja- en
casa porque había pasado a recoger alguna cosa que le quedaba y que
le iba a acompañar él. Luego me dijo le habían encontrado una
tensión muy elevada y que los desvanecimientos eran provocados por
vértigo; le habían tenido que hacer un electro, le habían pinchado
Diacepan y la habían dejado un rato en observación. Finalmente conseguí poder pasar a recogerla; me tenía muy preocupado. La acerqué a casa y luego me marché a trabajar de nuevo. Sin rastros de su ex-pareja; ya se había marchado; ¡no le pude dar las gracias por acompañarla!. Hasta esos instantes sólo tenía sospechas del
dopping, pero esto no hacía más que provocarme más inquietud.
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