Retales de la vida de un gilipollas (Capítulo 2)
Capítulo 2. Las primeras citas
Con las primeras citas nos fuimos
llevando a recuperar nuestros recuerdos y sentimientos. Durante
aquellos encuentros fugaces parecía como si tratásemos de ponernos
al día.
Muchas de nuestras comunicaciones eran
por WhatsApp ya que yo pasaba bastante tiempo viajando por trabajo.
Mis viajes eran de 4 o 5 días y esa era la mejor forma de estar en
contacto junto con alguna llamada al finalizar el día.
Durante este tiempo pudimos disfrutar
de un romanticismo que casi no habíamos vivido cuando nos conocimos.
Cuando estaba en Valencia buscaba
tiempos para estar con ella, incluso la acompañaba en sus
demostraciones. Y cuando fusionábamos nuestros cuerpos lo hacíamos
con tanta pasión que incluso ¡¡lleguó a lesionarme... lo
prometo!!
Pero, no me preguntes porqué, había
algo que no llegaba a ser consistente. Encontraba, en ocasiones,
algunas lagunas en sus comentarios, mientras que en otros momentos
me parecía que trataba de excusarse sin entender por mi parte porqué
lo hacía.
Conocía de su gran reserva al hablar.
Sabía que no era una persona que se abriese con facilidad para
trasmitir sus pensamientos y sentimientos reales.
Recuerdo de estos momentos algunas
frases aisladas que, con el tiempo, me fui dando cuenta de que
tenían mucho más fondo del que pudiera parecer en el instante de
expresarlas.
Frases parecidas a: “Estuve viendo el
trasladarme a Logroño, siempre me gustó la ciudad y su entorno.” o “Cada uno tiene su pasado, y el pasado pasado es”.
Estas frases pueden parecer
completamente normales, sobretodo cuando se trata de personas adultas
con muchas experiencias, y no necesariamente todas buenas. Pero si
las pones en contexto te pueden dar sensaciones que pueden no ser tan
fáciles de digerir.
Pongámonos en antecedentes.
Laura, que así es como se llama, había
estado casada hasta hacía unos pocos años. De ese matrimonio, que
era el que yo conocí, tenía 2 hijos. Cuando se separó le dejó al
marido todo. Cuando digo todo es todo; la casa, la hipoteca, el
coche, los hijos, una pensión, los gatos,... Me sorprendió
bastante, no tanto por lo material porque yo había hecho algo
similar, sino por el distanciamiento de sus hijos.
Había tenido con posterioridad una
pareja estable de unos años. Compartían casa y trabajo. Pero me
habló de esa relación casi como de un tormento. Parecía como que
en esa relación era ella la que lo había mantenido todo, sobretodo
económicamente. Al parecer, incluso había ayudado económicamente a alguno de sus hermanos y eso les había llevado a una situación angustiosa económicamente. Me transmitía que quería huir de aquella relación, aunque no
entraba en detalles. Yo tampoco los buscaba, podía entender
perfectamente que una persona se encontrase completamente desbordada
por un conjunto de situaciones que la habían sobrepasado. Pero,
incluso de esta reflexión tenía alguna duda. Se estaba cambiando de
casa, y a pesar de las cosas que me había contado, arrastraba con
ella a esa pareja con la que no estaba a gusto.
Yo, que no me he presentado todavía,
soy Luís. Soy mayor que ella unos 8 años. También venía de un
divorcio, bueno de 2 realmente, aunque de uno ya ella era conocedora
porque era anterior a conocernos.
En esos momentos yo también tenía una
relación que llevaba ya algunos meses haciendo aguas. Mi pareja era
(y es) una mujer encantadora. Hoy en día sigue siendo una persona
con la que comparto una gran amistad y cariño aunque nos encontremos
bastante distanciados y nos veamos muy de tanto en tanto.
Sin embargo, ambos vivíamos en mundos
distintos. Pienso que únicamente nos unía el cariño y el respeto
mutuo. Y, sin duda ninguna, no puedo decir nada malo de ella ni de
la relación, simplemente que no funcionaba.
Cuando nos reencontramos Laura y yo,
Mercedes (que es como se llama la que era mi pareja) y yo ya habíamos
planteado nuestras diferencias. Sin embargo, como el que no quiere
llegar a un final inexcusable, todavía no habíamos roto nuestra
relación. Parecía como si nos arrastrásemos en ella.
A los pocos días de contactar con
Laura me dí cuenta de que no era sostenible el compartir todavía mi
vida con Mercedes. No sabía hacia dónde podía ir la relación que
había iniciado con Laura, pero si tenía claro que no había ninguna razón suficiente para alargar más la agonía.
Lo había comentado con Laura, le había
explicado que, aunque no tenía ningún problema con Mercedes, iba a
romper definitivamente la relación. La razón no iba a ser ella, la
razón era simplemente que era una relación de pareja vacía.
Por su parte Laura me dijo que, en su
caso, si debía hacerlo por su bien. Se lo había hecho pasar mal e
incluso le había engañado con otra. Yo tampoco en esta ocasión
quise averiguar nada; pienso que cada uno tiene sus razones y de
acuerdo a ellas debe actuar.
Fueron pasando los días, las semanas.
Ambos habíamos dejado a nuestras respectivas parejas. Pero con
algunas diferencias.
Mientras Mercedes y yo ya no estábamos
juntos, aunque mantuviéramos contacto por teléfono con cierta
frecuencia, Laura seguía conviviendo con Carlos (perdonad que no os
hubiera dado su nombre todavía).
En un principio, me comentaba que tan
pronto le fuera posible encontrar donde alojarse se marcharía. Era
normal, totalmente comprensible. Si las cosas eran como me las había
contado, la situación no era fácil porque no tenía ninguna otra
vivienda. Y, al parecer,los ingresos eran más bien justos.
Pero poco a poco fueron pasando los
días, las semanas y la situación no cambiaba.
Durante mis viajes, tratábamos de
mantenernos en contacto todo lo que nos era posible por WhatsApp.
Nos contábamos qué íbamos haciendo, intercalábamos sensaciones,
sentimientos, deseos... procurábamos tener una conexión como si
estuviéramos juntos físicamente.
Sin embargo, cuando estaba en Valencia,
nos teníamos que ver como a hurtadillas, a escondidas. Me parecía
una situación surrealista si es que todo estaba realmente claro. Yo vivía en mi casa y ella en la suya. Nos manteníamos en contacto
igualmente por WhatsApp pero procurábamos buscar algunos momentos
para vernos, aunque fuera para ir a tomar un café.
Queríamos vivir juntos para estar más
cerca. Pero, mientras conviviera con Carlos y uno de sus dos trabajos
lo realizara en casa, ni era factible estar en su casa ni lo era el
irnos a vivir a la mía. Ambos teníamos deseos de compartir vida (o
al menos eso creía) pero el momento no acompañaba. Así que, al
menos, nos escapábamos a mi casa algunos días (o noches) que ella
se podía organizar.
Ella se dedicaba a realizar pequeños
trabajos de higiene dental en un pequeño gabinete que tenía montado
en casa. No eran muchas las citas, pero dependía totalmente de los
horarios de sus clientes.
Comentarios
Publicar un comentario